LOS “CIEGOS” DE MONDRÓN Y SUS VERDIALES

(Rasgos biográficos y artísticos)



                                                  Por Segundo PASCUAL TOLEDO
                                                             Fecha: 01 / 10 / 2010

       

José Carnero Fernández (Joseico El Ciego y              José Carnero Cabrera                                    Salvador Carnero Cabrera 

su esposa Dolores Cabrera Morales)                                 José del Ciego                                              Salvador del Ciego


          En algunas guías turísticas —y también en otros medios— se alude a una familia de Mondrón, conocida generalmente como “los ciegos”, diciendo que tocaban los verdiales de una forma diferente.


          En una de estas guías se dice textualmente lo siguiente:
          “No podemos olvidar los verdiales, padre del llamado cante flamenco, que en este pueblo se representa por uno de los 3 estilos reconocidos de verdiales: Montes, Almogía y Comares, en Periana por éste último. Aunque no se sabe con certeza, pero cuentan que una familia de una aldea de Periana llamada Mondrón, a la que apodaban “los ciegos”, tocaban de manera diferente los verdiales y puede que fuera el estilo más antiguo de verdiales.”

          En homenaje a esta familia de virtuosos de la guitarra y el violín, y también como aportación a la historia de los verdiales de tanto arraigo y tradición en nuestra comarca de la Axarquía, escribo estas líneas, sin postularme, desde luego, como experto en la materia, ni mucho menos, sino más bien como un entusiasta y voluntarioso aficionado con anhelos de conservar y publicitar todos aquellos temas de interés relativos a esta zona de la geografía malagueña, cosa que vengo haciendo en diversos medios de comunicación desde hace muchos años —gratis et amore— por pura vocación y amor a nuestra tierra y a sus gentes. Es una imperdonable omisión no rescatar del pasado todo aquello que merezca sobrevivir en el tiempo, divulgarse y no diluirse en el olvido, como sucede frecuentemente con muchos rasgos peculiares de nuestra sociedad y cultura… No concibo ni entiendo las razones por las que todavía hay municipios donde no existe un cronista oficial que recoja y legue a la posteridad, con solvencia y garantía, los hechos históricos y culturales más relevantes de toda índole que se sucedan en el tiempo. ¡Cuántos y cuántos sucesos y acontecimientos sobresalientes no se han borrado de la memoria colectiva de los pueblos por la pátina del tiempo porque no hubo nadie que los rescatara y conservara para legarlos a la posteridad con fidelidad y sin deformaciones!

          Pero volviendo al tema que nos ocupa, diré que la circunstancia de no ser especialista en cuanto se refiere a los verdiales, no es óbice para que apreciara —apreciación corroborada por numerosos expertos que presenciaron y oyeron sus actuaciones— que “los ciegos” de Mondrón tocaban los verdiales de manera diferente a como lo hacían otras pandas. Era evidente que había en ellos ciertas características enraizadas en los más remotos albores de este arte. No se equivocan los estudiosos del tema cuando llegan a tal conclusión. Fue la suya una singularidad nada común en la interpretación de los verdiales, y ya desde el principio se advertía en su buen hacer ciertas notas distintivas que no se daban en otros lugares. Cualquier observador medianamente conocedor del tema lo pudo constatar. Es una pena que no se haya conservado alguna grabación de sus numerosas actuaciones. Si existe, yo lo ignoro. Pero esto en aquellos lejanos tiempos era poco menos que imposible por obvias razones técnicas. Las grabaciones de discos era entonces cosa muy difícil y complicada, por lo que las escasas que se harían no eran asequibles a la mayoría de la gente… El que estas líneas escribe conoció y trató personalmente a todos los miembros de tan numerosa familia, con quienes mantuvo una cálida y estrecha relación de amistad. Por esto, y sobre todo para mantener viva su memoria, elaboro esta síntesis biográfica recogiendo sus principales rasgos tanto personales como artísticos, simplemente como mero acto de justicia por la innovación que supuso el nuevo estilo por ellos creado y su aportación al fomento y conservación de los verdiales en nuestra comarca, y también por la excelente calidad humana que poseían. La información que ahora recojo ha estado a punto de perderse en el tiempo por carecer de fuentes escritas medianamente solventes de ningún género – si existen a mí no me consta- para impedir que la inevitable desmemoria de los pueblos las haga irrecuperables relegándolas al más absoluto e injustos de los olvidos donde duermen tantas y tantas cosas que ya nunca se sabrán porque nadie supo o quiso conservarlas escribiéndolas en un papel o por cualquier otro medio de los existentes.



José del Ciego en acto familiar

          En principio, debo aclarar que ninguno de estos dos hermanos era ciego, como he oído decir en algunas ocasiones. Pero por el apodo de “los ciegos” o “cegatos” es como comúnmente se les conocía en esta comarca y se les sigue recordando. He querido indagar a posteriori sobre el origen de su rara enfermedad y he concluido, según me informa un prestigioso oftalmólogo, una vez conocida por éste la sintomatología que presentaban y demás circunstancias personales y familiares, que probablemente padecían la dolencia llamada “DISTROFIA de conos de la retina, localizada en el cromosoma X si sólo afectaba al ~50% de los varones de la familia y a ninguna hembra (pero también hay otros mecanismos de herencia posibles)”.

          Estas personas tienen sensibilidad a las luces brillantes, y visión de color pobre. Por lo tanto, ven mejor en la oscuridad y tienen dificultad progresiva con la visión durante el día, lo cual coincide plenamente con la información facilitada por algunas de sus nietas cuando dicen que “veían mejor de noche que de día“. El diagnóstico de presunción hecho por el especialista consultado se ajusta fielmente a los síntomas observados en ellos. No obstante, esta patología ocular no les impedía desplazarse ni valerse por sí mismos, realizando los actos más esenciales de su vida cotidiana sin ayuda de otras personas, y mucho menos tocar con inimitable estilo y maestría sus instrumentos preferidos: LA GUITARRA Y EL VIOLÍN.

          En cambio, cuentan las personas que convivían con ellos, y también los vecinos, sobre todo de José, que tenía una agudeza auditiva extraordinaria. Percibía, cuando estaba en el campo, sonidos producidos en la lejanía que eran imperceptibles para cualquier otra persona más joven. Se piensa que tal vez supliese con el oído su deficiencia visual. Este desarrollo fuera de lo normal de la percepción auditiva es bastante común en las personas que padecen ceguera total. Desde luego, siempre tocaban ambos hermanos sin ninguna partitura ante ellos: todo era memoria y oído. Y también excelente su fidelidad o fiel reproducción de su música.

          La familia —muy numerosa por cierto— estaba formada por José Carnero Fernández (1886 ? -1945), más conocido por su nombre artístico, Joseico el Ciego, y Dolores Cabrera Morales, su esposa. El matrimonio fue muy prolífico: nacieron del mismo seis hijas y tres hijos varones, hoy todos fallecidos. Los descendientes eran conocidos y se siguen conociendo comúnmente con el calificativo de “los ciegos”, aunque su visión era normal en todos ellos, sin ningún síntoma de la dolencia que afectó a sus dos antepasados. Dos de estos hijos, José Carnero Cabrera (1920-2003), —José del Ciego— y su hermano Salvador (1922-1989) —Salvador del Ciego— continuaron la tradición familiar tocando juntos en los verdiales como antes lo hicieran su padre y tío: el primero de ellos tocaba la guitarra y el segundo el laúd, también de forma admirable, no sólo por oficio sino también para divertirse y complacer de este modo a amigos y seguidores. La vocación de Salvador por el laúd la tenía tan acendrada, que sus compañeros de trabajo en las faenas agrícolas cuentan que todos los días se hacía acompañar de este instrumento al campo como si se tratara de una herramienta más de trabajo, y en los típicos recesos o descansos de estas labores, se separaba del grupo y comenzaba a tocar en solitario a la sombra de algún árbol o recostado tras un majano de piedras…


José del Ciego

           Con la muerte de estos dos hermanos, relativamente reciente, termina la que podemos llamar “la saga de los ciegos” en cuanto al arte de los verdiales se refiere… A excepción de estos dos hijos, ninguno de sus numerosos descendientes ha continuado con la tradición familiar, al menos que yo sepa, pues todos ellos fijaron su residencia en lejanas localidades dispersas por nuestra geografía. Desde luego, fue imposible que pudieron recibir la enseñanza de su arte directamente de manos de su abuelo, porque muchos de ellos ni siquiera llegaron a conocerlo por haber nacido después de su fallecimiento, y menos aún de su tío abuelo, Francisco, que como digo a continuación, le precedió en la muerte.

          Con el considerado patriarca de todos ellos, José Carnero Fernández, convivía un hermano soltero, llamado Francisco (1869 ?-1940), Frasquito el Ciego, también apodado Castro, que tocaba magistralmente el violín y con el que formaba pareja en sus actuaciones. De él se dice que elevaba el vuelo del espíritu de cuantos le oían friccionar con las crines de caballo de su arco las cuerdas de su instrumento, que es el máximo elogio que puede dirigirse a un violinista. De Francisco se cuenta una anécdota muy curiosa: cuando tocaba el violín y advertía que la inspiración se iba alejando de su mente, tomaba unos sorbitos de aguardiente, y al instante recuperaba su tono habitual. Él mismo, a través del instrumento que tenía en sus manos, pedía a la audiencia su acostumbrada copita, ésta captaba rápidamente el mensaje que emitían las cuerdas, y enseguida era complacido. Tras el primer sorbito, remontaba el vuelo otra vez… Es necesario advertir que no padecía adicción al alcohol, al menos así lo estimamos cuantos le conocimos, aunque por lo visto, influía más en su habilidad artística el aguardiente que la mitológica Euterpe, una de las nueve musas, tenida por los griegos como protectora de la música instrumental y de sus intérpretes…

         Antes de continuar, debo hacer un inciso para decir que las fechas de nacimiento de los hermanos José y Francisco Carnero Fernández consignadas, no puede afirmarse sean completamente exactas, pues los Libros parroquiales y parte de los del Registro civil de Periana anteriores a la Guerra civil, fueron destruidos al comienzo o poco antes de la misma. Debido a esta circunstancia, la fechas de nacimiento de ambos la he deducido, tal vez con no demasiada precisión, de las actas de defunción – que sí se conservan --donde se dice la edad que tenían cuando fallecieron.

          Se refiere de ambos que la guitarra y el violín “hablaban, cantaban, reían y lloraban” en sus manos mientras hacían vibrar sus cuerdas. Estaban dotados de unas admirables cualidades innatas para el toque de estos dos instrumentos, y lo más insólito es que eran autodidactas, lo cual no obsta para que fueran considerados el uno guitarrista y el otro violinista de primer nivel, que pasarán a la historia de los verdiales como figuras señeras de los mismos… Los vecinos recuerdan todavía las notas que arrancaban a sus instrumentos, cuando durante las largas tardes de estío, en la portada de su casa —José sentado en un rústico sillón de palos de olivo y asiento de anea, que aún conserva una de sus nietas— el uno templaba su guitarra y el otro afinaba las cuerdas de su violín esperando la llegada un nuevo aviso para actuar en alguna de las numerosas fiestas que por entonces se organizaban en la comarca. Al hablar artísticamente de “los ciegos de Mondrón” nos referimos principalmente al grupo formado por estos dos hermanos: José y Francisco . El primero de ellos, José, falleció en 1945, como queda dicho, y Francisco algunos años antes, en 1940. Por mera curiosidad, y también por si alguien desea en el futuro profundizar en el conocimiento de estos dos innovadores de los verdiales, como espero se haga algún día, diré que, indagando en los archivos de Periana, encontré que los padres de ambos se llamaban Francisco Carnero Pérez y María Fernández Álvarez. Este dato complementario facilitaría el trabajo a alguno de sus numerosos descendientes —nietos, bisnietos y también tataranietos (que los hay ya en tan larga parentela)— que pretendiera reconstruir algún día el árbol genealógico de la familia, descendiendo por su frondoso ramaje, hasta el tronco común de sus tatarabuelos, enraizado nada menos que en siglo XIX, crecido en el XX al son de guitarras, violines y laúdes en fiestas de verdiales, para proyectarse hasta el XXI en el que no cesan de salir nuevos brotes por los rincones, sobre todo, de Cataluña…

          Se recuerda cómo en algunas ocasiones, Dolores, la esposa de José, bailaba también los verdiales, con garbo, elegancia y buen aire, en los años de su juventud al son de la guitarra de su marido y violín de su cuñado, obteniendo dos premios en años consecutivos por su participación en los concursos de los festivales celebrados por aquellos lejanos años en el paseo de Martiricos de Málaga. En aquella casa se respiraba por todas partes el aire de los verdiales, como si lo llevaran escrito en sus propios genes…

          Todos los miembros de esta familia habitaron en principio en la barriada de Mondrón, en una conocida zona de la calle Arriba llamada el “El Rinconcillo”. En la parte inferior existía una explanada —el llanillo— donde la juventud de la época se reunía por las tardes para jugar, cantar y bailar a la típica e inolvidable Rueda con sus bonitas canciones, muchas de ellas salvadas de su desaparición gracias al meritorio trabajo de TERESA GUERRERO DÍAZ, quien pacientemente, las ha recopilado en su precioso y oportuno librito titulado, Canciones de La Rueda. Este espacioso lugar está hoy ocupado por viviendas de sus nietas residentes ahora en tierras catalanas, pero que pasan en el Mondrón de sus recuerdos y amores, parte de sus vacaciones… Son fieles a sus orígenes y se sienten orgullosas de su pasado. Sentimientos muy bellos y elogiables, que tristemente van desapareciendo ya en la descendencia de no pocos lugareños que se desplazaron para residir en otras regiones de España, entonces más prósperas y desarrolladas que la nuestra. Muchos de éstos descendientes no han visitado una sola vez la tierra de sus antepasados, ni siquiera por mera curiosidad humana… No obstante, la descendencia de “los ciegos”, como antes indico, es la menos desarraigada, pues mantienen vínculos casi permanentes con el lugar y las gentes con quienes tantos años convivieron y compartieron penas, alegrías y también las inevitables precariedades inherentes a los tiempos que corrían… Un rasgo común a casi todos ellos es la devoción que le siguen profesando al patrono de la localidad, San Fernando, al que suelen visitar cada vez que vienen por Mondrón y no pocos acuden también a las fiestas patronales celebradas el 30 de mayo de cada año, sin olvidar casi nunca una ofrenda en señal de gratitud por alguna gracia o favor alcanzados… Recordar y seguir cultivando las raíces de nuestro pasado es una de las cosas más hermosas que nunca debe olvidar el ser humano. No basta con rememorar sólo los aspectos positivos y halagüeños que nos hicieron felices en algún momento de la vida, sino también los negativos y aciagos que tuviéramos, pues todos ellos forman parte inevitable de existencia humana…



José del Ciego

          Tan numerosa prole, la sacaban adelante en aquellos difíciles tiempos de privaciones y penurias casi generales, con los ingresos procedentes de su actuación en los verdiales, que complementaban con los beneficios que obtenían de dos modestas explotaciones agrícolas que poseían en los alrededores de Mondrón, ambas separadas por no muchos metros de distancia, conocidas todavía como “Huerta y Haza de los Ciegos”, a cuyo cultivo dedicaban el tiempo que les dejaba libre sus otras actividades, aunque la rentabilidad de estas tierras fuese tan mínima e insuficiente como las del resto de la comarca. Vivir de la agricultura en zonas de minifundismo es sinónimo —tanto antes como ahora— de precariedad económica e invitación permanente a la emigración y cambio de profesión o a la búsqueda de ingresos complementarios por otros medios…

          Dolores regentaba, ocasionalmente, una carnicería que atendía con la colaboración de sus hijos para ayudar también de esta forma a su precaria economía doméstica, y cuya carne, casi siempre de cabrito, repartían después de forma muy típica en platos o canastos de varetas, “cubiertos con hojas de higuera” — neveras y papel de aluminio de entonces— por las casas de la barriada, caseríos y cortijos cercanos. Esta función de reparto la realizaba preferentemente su hijo José, que era el más comunicativo e idóneo por su afabilidad y don de gentes para ocuparse de este menester. Sólo sacrificaban los animales cuya carne había sido previamente encargada por sus habituales compradores. Ni que decir tiene que la limpieza e higiene que Dolores e hijas imprimía a su negocio eran proverbiales y servía de excelente reclamo para su fiel clientela. Estas cualidades y la calidad las carnes hacían por sí solas la mejor de las publicidades. Esta era lo que ahora algunos llaman con rimbombantes palabras, su sencilla labor de marketing o mercadotecnia…

          En la época de la recolección de la aceituna, José Carnero Fernández, el considerado patriarca de la familia, solía establecer, en colaboración con su hermano Francisco, una “compra” de este fruto en un lugar aledaño a la carretera de Periana a Riogordo, aceituna que adquiría a los olivareros y después cedía a los almazareros de Vélez-Málaga percibiendo a cambio una módica comisión… Era otra forma de complementar los reducidos ingresos que le proporcionarían el resto de sus otras actividades, incluida la actuación en los verdiales, que en aquellos lejanos tiempos de precariedad económica, serían insuficientes para sostener a tan numerosa familia… Un trípode formado por tres vigas, y una romana para pesar el fruto, constituían la única infraestructura de su improvisado y estacional negocio, pues solamente funcionaba durante la época de la campaña olivarera, es decir, unos cuatro meses al año, aproximadamente desde diciembre hasta marzo. A este respecto, se cuenta que José tenía una memoria tan prodigiosa y una capacidad de cálculo mental tan rápido y fiable, que toda la contabilidad de su modesta empresa la conservaba en el cerebro y todas las operaciones aritméticas las hacía mentalmente sin cometer el más mínimo error. Las calculadoras electrónicas tardarían aún muchos años en llegar, pero José no las necesitaba. Nunca utilizaba ni el papel y ni el lápiz… Admirable.

          He querido dedicar parte de mi escaso tiempo a recoger y sintetizar en este breve trabajo mis recuerdos y vivencias de aquellos tiempos relativos a todas estas personas con la intención de dejar constancia fehaciente de su valía profesional y de su calidad humana. Estos grandes maestros de la guitarra y el violín, transmitieron su vocación y arte a dos de sus hijos y sobrinos - José y Salvador —como indico más arriba, y después éstos a otras personas, como es el caso de Antonio Díaz Frías, Antonio Broches, actual alcalde de la Panda de Verdiales San Isidro Labrador de Periana, a quien podemos considerar como heredero, impulsor y referente máximo del estilo de “los ciegos” en esta comarca, de quienes fue discípulo directo ya desde los primeros años de su adolescencia. De ellos aprendió, entre otras cosas, a tocar el laúd, y lo que es tanto o más importante, su vocación y amor a los verdiales, a los que no ha cesado revitalizar y popularizar. A su vocación, fidelidad y constancia se debe primordialmente la reivindicación de la memoria de “los ciegos”, evitando que se diluyera en el olvido, como habitualmente sucede en no pocos ocasiones, conservando la huella e impronta que su personalidad nos dejó. En una publicación sobre los verdiales, se dice sobre el Sr. Díaz lo siguiente:

Con 15 años los Ciegos de Mondrón le enseñaron a tocar el laúd. Sus padres tocaban la guitarra y el violín”.

          No fueron “los ciegos” meros imitadores o continuadores de uno de los tres estilos de verdiales ya conocidos —Montes, Almogía y Comares— sino creadores de uno propio, con sus connotaciones y matices específicos y diferenciales, que ya los expertos lo denominan como “verdiales de los Ciegos de Mondrón”.

       Termino, pero antes diré que cuando transitamos ahora por la llamada calle Arriba, en la que tantos años habitaron “los ciegos” y donde nacieron todos sus hijos y no pocos de sus nietos, sólo percibimos silencio y soledad, que contrastan con la alegría y bullicio de otros tiempos. El entorno ha cambiado de manera muy notable y se aprecia en el mismo grandes contrastes: calle recientemente bien urbanizada, con muchas viviendas rehabilitadas, pero la mayoría deshabitadas, sin un alma dentro… Sólo el recuerdo mantiene vivo lo que fue y no volverá. Ni las mozas ni los mozos juegan ya a “la rueda” ni se cantan ni bailan los verdiales en el llanillo como antaño se hacía en los atardeceres veraniegos… Tampoco se advierte el griterío y algazara de niños jugando en la calzada ajenos a los problemas de la vida… Ya no hay mozas ni mozos que canten y bailen ni apenas niños que jueguen. Enmudecieron en este lugar las guitarras, los violines, los laúdes, las castañuelas con sus cintas multicolores, los platillos y los panderos con sus sonajas… Hace tiempo dejaron de oírse porque las manos que los hacían vibrar y sonar reposan ya en la inevitable y eterna quietud…Únicamente la imaginación nos retrotrae a tiempos pasados y la ilusión de los sentidos nos hacen percibir sus cadencias como si flotaran todavía en el ambiente.


        Como mera anécdota que revela la innata alegría y espíritu festivo que imperaba en aquella familia, relataré que, cuando su hijo José volvió sano y salvo de la guerra, donde arrostró serios y graves peligros que hacían presagiar lo peor, todos ellos estuvieron celebrando en casa su feliz regreso, bailando, cantando, tocando, haciendo palmas y practicando los verdiales en su propio estilo, y se supone también que consumiendo algunos cabritos bien aderezados y regados con vinos de la tierra… Todavía recuerdan los más viejos del lugar aquella apoteosis festiva que duró ininterrumpidamente varios días, y cuyos ecos llegaron a los rincones más alejados de la barriada contagiando su júbilo y regocijo a todo el vecindario, pues todos se alegraban de la vuelta de una persona tan estimada como era José…. Ellos quisieron celebrarlo en la intimidad, solos, bastándose a sí mismos, y es que, como decía Manuel Machado en una seguidilla, --“Una fiesta se hace con tres personas: uno baila, otra canta y el otro toca. -Ya me olvidaba de los que dicen “!Ole!” y tocan palmas.



José del Ciego, después de su vuelta de la Guerra

          Los “ciegos” ya no están entre nosotros ni tampoco ninguno de sus numerosos hijos… Todo es pura ilusión de los sentidos y recuerdos imborrables de la mente. Se fueron para habitar en la eterna morada donde todos nos reuniremos inexorablemente algún día… No obstante, siempre ocuparán un lugar de privilegio en nuestra memoria y en la historia de los verdiales porque marcaron un nuevo y peculiar estilo difícil de superar. Nadie les podrá negar la paternidad de esta nueva variedad de verdiales. Como suele decirse en otras ocasiones, crearon escuela, lo cual sólo consiguen los grandes maestros.… Esta forma diferente de interpretar los verdiales no ha desaparecido con ellos ni desaparecerá… La mantienen viva y actual discípulos suyos como el antes mencionado Antonio Díaz y sus alumnos de Periana, quienes continúan con ilusión, vocación y entusiasmo el arte que ellos les transmitieron. Las guitarras, los violines y los laúdes no han quedado huérfanos para siempre en nuestra tierra… Los jóvenes han recogido la antorcha y su llama no se extinguirá. La supervivencia, continuidad y difusión están aseguradas. Se han ido “los ciegos”, pero el legado de su estilo se quedó entre nosotros… Para los perianenses amantes de la cultura popular enraizada en nuestras tradiciones y, particularmente la de los verdiales, es motivo de satisfacción que estas personas figuren entre los hijos de su pueblo.

          Por mi parte, sólo quiero decir que he cumplido con un deber de conciencia transmitiendo cuanto sabía sobre ellos, evitando la injusticia de su olvido, pues en estos momentos me considero la persona más idónea para hacerlo dada mi cercanía y vivencia con los mismos durante casi toda mi existencia. Mis relaciones con todos los miembros de la familia “los Ciegos” fueron siempre amistosas, afectivas, cercanas, cordiales y francas. Por esta razón, mi testimonio está sólidamente documentado y goza de la objetividad y autoridad que me da el haber sido testigo directo de lo relatado. Sólo para conocer los datos sobre la fecha del nacimiento y defunción de alguno de los mismos-- que los familiares no disponían de ellos-- he tenido que recurrir al Registro civil y Parroquia de Periana, donde he encontrado lo que buscaba, con las salvedades y matizaciones que hago en otro lugar de este mismo trabajo. Todo lo demás estaba presente en mi memoria. Me siento satisfecho porque creo haber cumplido con un deber y realizado un acto en consonancia con mi formación, manera de ser y vocación. Esta semblanza biográfica podría haber sido mucho más extensa y pormenorizada, dada la amplia fuente de información que poseo sobre todas las personas objeto de este trabajo. Por este motivo, pronto podré completarlo con algunas grabaciones relativas a algunas actuaciones de José y Salvador, que un familiar conserva y ha prometido cedérmelas para su reproducción en este mismo medio, si técnicamente el encargado de la página lo ve factible. Pero más que el volumen de las palabras vale la veracidad y sinceridad conque se escriben, y muy especialmente, la oportunidad del momento y su intencionalidad: rendir tributo póstumo a todos ellos, sentimiento que estimo compartirán, sin excepción, cuantos les conocieron sean o no amantes de los verdiales.
 


MENSAJES RECIBIDOS


Como administrador de la web www.mondrón.es, he recibido un mensaje de Lourdes Carnero López, hija de Salvador Carnero Cabrera, Salvador del Ciego, residente en Tarragona. Está dirigido al autor del este artículo LOS CIEGOS DE MONDRÓN Y SUS VERDIALES--Segundo Pascual-- publicado el 01/10/2010 en mismo lugar. Como está bellamente redactado y cargado de emotividad y gratitud hacia la persona que ha reivindicado la figura artística de “los ciegos de Mondrón” (uno de los cuales fue su padre), he querido insertarlo en esta misma página para que sea conocido por cuantos se asoman a este espacio.. También para darle más variedad a la misma y ampliar las colaboraciones.

Francisco S. Camacho López

"Apreciado Señor:

Hace unos días y sin saber bien el por qué, escribí en el navegador de Google el nombre completo de mi padre, fallecido hace ya 20 años. No sabría decirle qué me llevó a eso, quizás ver si alguien en su recuerdo había escrito algo de él, cualquier nota, y cual fue mi sorpresa al comprobar en un enlace, que aparecía él junto al nombre su pueblo, Mondrón y el sobrenombre que yo le conocía por su padre "los Ciegos", entré en el enlace y mi corazón dio un vuelco, al ver unas fotografías con unas caras tan conocidas... mi padre, Salvador Carnero Cabrera, es decir, Salvador del Ciego, llevando de la mano a mi hermana Soledad; mi tío José, al que había visto tocar tantas veces su guitarra en compañía de mi padre al laúd; y mi abuela, Dolores, apoyando la mano en el hombro de un señor al que yo no había visto jamás ni en fotos, mi abuelo José el Ciego. Señor Pascual, no puedo describirle a usted lo que sentí en esos momentos, de la sorpresa rápidamente pasé a la emoción, alegría, melancolía... He leído todo el relato que tan magistralmente ha escrito sobre mi familia, de la que me siento muy orgullosa y honrada de llevar el apellido Carnero.

Yo soy Lourdes, la hija pequeña de los cinco hijos que tuvieron Salvador y Antonia. De los cinco, ya quedamos cuatro, desafortunadamente mi hermano Salvador, el tercero por nacimiento, falleció en octubre del año pasado a la edad de 52 años.

Yo tengo 45 años, vivo en Tarragona, con mi marido y mi hija de trece años, que gracias a su página sobre Mondrón y los Ciegos, ha visto por primera vez a sus bisabuelos maternos y a su tío-abuelo José. He pasado el enlace a mis amigos, emocionada y muchos de ellos han elogiado y recorrido sus palabras con interés. Ahora conocen Mondrón y Periana algunas personas más de Mallorca, Madrid, Valencia, Gijón, Barcelona... personas que me aprecian y saben lo importante que ha sido este hallazgo para mi, y de ese modo también le han conocido a usted.


Señor Segundo Pascual, le quedo agradecidísima en mi nombre y el de mi familia por el maravilloso homenaje que usted les ha dedicado. Nos ha honrado, ha elevado el recuerdo de esas personas sencillas que un día habitaron esas preciosas calles de un pueblo de Andalucía. Una Andalucía que yo, aunque catalana nacida en Barcelona, llevo muy dentro de mi corazón, porque viví mi niñez en Antequera y porque de allí proceden todos mis ancestros, andaluces de raza, humildes, trabajadores, alegres y valerosos.

Reciba un fuerte abrazo y de nuevo mi agradecimiento por el laborioso y riguroso trabajo que usted tan desinteresadamente ha realizado de una manera tan excelente.

Atentamente,

Lourdes Carnero López
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